lunes, 23 de noviembre de 2015

Mi gran belleza (Crítica 'La Gran Belleza', 2013)

Hace una semana estuve dando una charla sobre Pier Paolo Pasolini, uno de mis mayores referentes no solo cinematográficos sino también en cuanto a estilo de vida y pensamiento. Lo hice en mi antiguo instituto, ante la atenta y siempre intimidante mirada de unos alumnos que sólo esperan que les sorprendas y no les aburras. Espero haberlo hecho, dicho sea de paso. La charla fue posible gracias a un gran amigo que fue mi profesor de Valenciano y Literatura Universal durante unos cuantos años: Felip Manzanaro. Que también le admiro muchísimo, dicho sea de paso, una vez más. Finalizado el "evento", nos fuimos a desayunar a un bar (aunque realmente parece un pub, o directamente es un pub, no lo se). Una Coca-Cola y media tostada con aceite. Soy muy sencillo, sí. Recalcar que pagó él. Mientras desayunábamos tranquilamente debajo de una sombra que no nos provocaba ni frío ni calor, sino únicamente sombra, hablamos un poco de cine, para variar. No me acuerdo cómo, llegamos al punto de hablar de 'La Dolce Vita' del gran Fellini. Ah sí, ya me acuerdo. Hablamos de La Dolce Vita porque el propio Pasolini escribió parte del guión, aunque realmente no aparece acreditado. Cosa que no es de extrañar (lo de la colaboración, digo), dado que fue el propio Fellini el que introdujo a Pier Paolo en esto del cine. A partir de ahí, sólo recuerdo que Felip me preguntó entusiasmado y efusivo como es él siempre a la hora de hablar de estos temas: "¿Has visto 'La Gran Belleza' de Paolo Sorrentino?". Yo, que conocía de la existencia de esta película y de su director, así como de las tremendas ganas que tenía de verla, le contesté temeroso: "No". Él respondió algo así como: "Pues vas a flipar, es la ostia". No se si fueron esas las palabras exactas que utilizó, pero en esencia vienen a ser las mismas. En ese mismo instante, mi cabeza sólo tenía un objetivo muy claro: ver la jodida película de una puta vez. Sí, por un lado estaba deseoso y emocionado por verla, pero por otro me sentía mal por no haberla visto en su momento, cuando ésta estaba en cartelera en los míticos Cines Navas de Alicante. Bien, esa misma tarde me hice con una copia de la película y no fue hasta ayer domingo que pude verla y joder, me arrepiento, me arrepiento de no haberla visto en su momento, me arrepiento muchísimo.



Era un domingo de cine perfecto. Estaba yo con mis padres y mi hermano sentados en el sofá, resacosos de no hacer nada, hasta que alguien dijo: "Fer, pon una peli". No me digas más. Era el momento ideal para verla. Yo estaba seguro de que les iba a gustar. Se la vendí muy bien. Quien dice que se la vendí muy bien dice que les recité la lista de premios que había cosechado, recalcando el Oscar a Mejor Película. La película no les gustó una mierda. Salvo a mi, como era de esperar. Es cierto que la cinta no es un film hecho para el espectador medio. Es extraña, rara, decadente... pero bella, muy muy bella. Y es que la película nos habla de eso: de la decadencia de una vida, de todo lo que nos rodea, la decadencia como vacío espiritual y vital que nos hace aborrecer hasta a nuestros mejores amigos. Pero luego está la belleza, la belleza con la que Sorrentino nos guía por una Roma también decadente, que nos sirve como tablero de ajedrez a la espera de que todas las fichas caigan. La belleza de la decadencia o la decadencia como forma de belleza que advierte, que nos avisa de que algo no anda bien, rodeados, ahí está la gracia, de tanta belleza. Y es que los personajes de esta poética y dramática historia son personas muy bien situadas, sin problemas económicos. Lo tienen absolutamente todo, pero realmente no tienen nada. Están vacíos, sin alma, sin fuerza para seguir viviendo esa vida tan llena de fiestas, caprichos, éxitos personales y artísticos que, por otro lado, no existen. Tratan de ocultarnos su tristeza, sus penas, y ellos mismos se dan cuenta de ello. El comienzo de la película es simplemente metafórico y súper alegórico a partes iguales. La muerte ante tanta belleza junta. Esa mezcla que se nos hace completamente contradictoria, al final cobra todo el sentido posible. El personaje interpretado por un gran Toni Servillo, Jep Gambardella, es un flâneur (que ya explicaré extensamente qué significa este término) que se dedica a vagar por las calles de toda Roma. Desde los barrios más bien situados de la ciudad hasta los barrios o las zonas más pobres. Jep es un tío que conoce y cae bien a todo el mundo. Es periodista, pero tiene alma de escritor. Escribió una novela cuando era joven, pero desde entonces su vida no ha recobrado el sentido que necesitaba para volver hacerlo. Le atormenta, pero no le preocupa. Jep siente que su vida terminó la primera vez que hizo el amor. El contraste aquí es sencillamente magistral. Tratando de sobrevivir ante tanta "belleza", lo único que Jep puede hacer es seguir vagando mientras ve como todo lo que se encuentra alrededor suya muere.



Es una película para ver varias veces. Hay mucha gente que la odia, y también hay mucha gente que la ama. Lo único que puedo deciros, bajo mi experiencia personal, es que la veáis sabiendo lo que os vais a encontrar. Yo estoy deseoso de verla por segunda vez. Necesito ver todos esos matices que se me escaparon durante el primer visionado y poder volver a reencontrarme con mi propia belleza. Y es que la clave o la llave de la película en sí, se encuentra en el origen de nosotros mismos. En nuestras raíces, donde comenzamos a vivir o con quienes comenzamos a hacerlo por primera vez. Jep, inmerso en este vacío colectivo, del cual nos hace partícipes, se da cuenta de ello y hace todo lo posible para escapar de esa belleza que, a pesar de ser tan hermosa y enamoradiza, le hace ser prisionero no sólo de Roma ni de la sociedad que le consume, sino de sí mismo.

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